e jacto de
haber conocido a Amauri Liñán y más que jactancia creo que lo mío es
legítimo orgullo.
No sé si en
todos los pueblos existe un personaje como él, pero no estaría mal que
así ocurriera.
Amauri era un
pariente lejano, primo hermano de mi abuela paterna. Había montado su
taller de reparación de artefactos electrónicos y electrodomésticos, en
Vicente López al 100, en un viejo y actualmente demolido edificio,
construido a finales del siglo XIX.
Era comunista
fanático, en una época en que serlo significaba un pasaporte a la cárcel
cada vez que se producía un golpe militar.
Todo el mundo
sabía que era inofensivo, pero supongo que las nuevas e ilegítimas
autoridades del pueblo se consideraban en la obligación de hacer su
aporte al movimiento golpista, y ordenaban la detención del
revolucionario local.
Cuenta mi
primo Atilio que una vez, entre tantas, vinieron a buscarlo unos
policías a su local para invitarlo a que los acompañara hasta la
comisaría.
Aunque un
poco acostumbrado a este tipo de situaciones, Amauri decidió, que por lo
menos, su detención no pasaría inadvertida en esta ocasión. Fue así
que, escoltado por los agentes del orden, durante las casi cinco cuadras
que separaban su negocio de la seccional, no paró de vociferar a quien
quisiera escucharlo:
-“¡Camaradas!
¡Volveré! ¡Triunfaremos! ¡Abajo el golpe fascista y
reaccionario!¡Volveré!¡¡¡Volvereeeeé!!!”
Tenía razón.
Volvería. Y volvería pronto. Ni bien el oficial de guardia le entregó
los documentos que había extraviado y luego de firmar el correspondiente
recibo, pudo regresar a casa.
Cuando ser de
izquierda representó un riesgo bastante mayor, en la época del Proceso,
él era ya un anciano y seguramente los represores ni se enteraron, o no
tomaron en serio, sus preferencias políticas.
Sabía
muchísimo de electrónica, materia en la que, según se comenta, era
autodidacta. Poseedor de una inteligencia y una curiosidad fuera de
serie, tuvo el privilegio de ser – quizás – el primer montegrandense que
tuvo televisor, pues fabricó uno para uso personal.
Tenía
televisor, el problema es que todavía no había televisión.
Debió
conformarse, en los primeros tiempos, con captar las desabridas señales
experimentales que se emitían entonces.
Amauri era
extremadamente generoso. Si todo el mundo diera al dinero el valor que
él le daba, la humanidad se hubiera ahorrado buena parte de sus guerras.
Me han
contado por ejemplo, que en una ocasión tuvo varios meses a un viejo
viviendo con él, solamente porque, no se sabe dónde, lo había encontrado
desvalido y sin familia.
Mi prima
también estuvo viviendo un tiempo en casa de Amauri cuando, por una
serie de problemas personales, no tenía un lugar donde alojarse.
Una pariente
– que por supuesto no dio ni la hora a mi prima necesitada – comentó
preocupada que, viviendo allí, la chica iba a terminar haciéndose
comunista.
Eso es lo que
llamo un comentario de Señora Gorda, con mayúsculas.
Tenía
también, su costado pedagógico. En una época, enseñaba a mi padre los
rudimentos de la electrónica y, como ejercicio, le entregó dos chapitas,
un soldador y un poco de estaño:
“– Soldá esto
que en un rato vuelvo.”
Le dijo.
Mi padre puso
manos a la obra. Pero por más que intentó, de todas las maneras y en
todas las posiciones posibles, no pudo cumplir con la tarea encargada.
Al rato,
regresó Amauri:
“- ¿Ah, no
pudiste soldar esto? Bueno, a partir de ahora, no vas a olvidar nunca
que el aluminio no se suelda.”
Y estalló en
una abierta y sonora carcajada, muy propia de la gente de bien, según he
observado.
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