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López Boeres

Camino a la escuela

E

mpecé primer grado en la escuela Nacional n° 43, frente a la plaza de la estación.

 En un principio, me acompañaba hasta la puerta algún familiar o conocido, mayor de edad.

Al año siguiente, junto a mi hermano y a Sandra, la chica de enfrente, comenzamos a ir solos; eran cinco cuadras de distancia en una ciudad de Monte Grande que, a fines de los sesenta, conservaba la calma y la seguridad que sus primitivos habitantes vinieron a buscar al afincarse.

Don Gerónimo, el padre de Sandra, había dejado de acompañarnos también, por razones de trabajo. Era una pena: Algún día retribuiré a ese buen hombre los chocolatines con sorpresa que debió comprarnos en la esquina de la escuela, culpa del antojo de su hija y de sus escrúpulos de noble caballero que no podía negarse, ni discriminar entre hijos y entenados.

No podía decirse que tuviéramos pasión por llegar a la escuela o, más precisamente, por quedarnos allí buena parte de la tarde. Más bien disfrutábamos el mientras tanto, los recreos y sobre todo el excitante paseo que significaba, como dije, ir y volver caminando solos.

 Un ritual resultaba particularmente atractivo: caminando por la vereda de Dardo Rocha en dirección a Alem, al pasar por La Zaida , esa espectacular mansión de estilo inglés obra del arquitecto Bustillo, nos deteníamos, con admirable exactitud, en un punto preciso del camino. Girábamos un cuarto de vuelta a la derecha para sumergir nuestras curiosas cabezas en el espeso cerco que delimitaba el inmueble. El resultado era tan gratificante como invariable: En el parque, una joven muy blanca, de espaldas y completamente desnuda, se ofrecía a nuestros ojos ávidos de aventura.

 Aclaremos que se trataba de una estatua.

 No recuerdo exactamente quién de nosotros descubrió la presencia de ese objeto de arte; tampoco tengo presente de qué manera se produjo el hallazgo, pues no era posible ver hacia el interior de la residencia a través del cerco, sin introducir medio cuerpo entre el follaje.

 Imagino interminables y fallidas incursiones por el ligustro hasta dar con el objeto de deseo.

 La escuela n° 43 se trasladó, a mediados del año siguiente, al nuevo edificio, que quedaba a la vuelta de mi casa, en la misma manzana. Pasó entonces a llamarse Escuela n° 37.

La Zaida , su cerco y particularmente su estatua, se volvieron un pasado reciente y, quizás por eso, poco frecuentado.

Sin embargo, años después, cuando mi adultez transitaba esa vereda, a menudo retornaba en mi recuerdo esa silueta que extasiara mis miradas infantiles.

Y si bien el tema no era puntualmente una obsesión, la cercanía del lugar solía sorprenderme con planteos como éstos: “¿Estará en el mismo sitio?” “¿Algún nuevo morador la habrá cubierto, por decencia?” “¿Habrá resistido el paso de los años?” “¿La erosión habrá formado pequeñas depresiones en sus muslos, causando una especie de celulitis pétrea?”

He llegado a pensar y lo confieso, en fingir interés histórico por conocer la residencia por dentro, con el solo objeto de acceder al predio y verificar que la inmutable dama aún se hallara en pie.

Lo absurdo de la situación me dio la suficiente vergüenza como para no insistir con ese proyecto.

Hoy pasé otra vez por la vereda y los viejos interrogantes seguían sin respuesta.

Si bien el tema no era puntualmente una obsesión, hay momentos en que deben enfrentarse situaciones irresueltas.

El cerco prácticamente no ha cambiado y creí recordar el lugar que nos servía de observatorio.

Allí mismo me detuve.

Giré a ambos lados la cabeza, escrutando.

No había conocidos a la vista.

Fue lindo sentir nuevamente las hojas y las ramas devorando la parte frontal de mi cabeza. Hasta me ayudé un poco con las manos, apartando todo aquello que pudiera interponerse entre nosotros.

Y la vi.

La vi y ella me vio.

Sí, me vio. Seguro que me vio.

Creo que era la dueña: Una mujer madura, elegante y en traje de baño, tomando sol.

No alcanzó a gritar porque hice mutis con urgencia.

Ese no era el lugar, otro día intentaré más cerca de la esquina.