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López Boeres

La Muñeca

R

esulta difícil, al menos para mí, comenzar a narrar desde este dolor o, más precisamente, desde esta compasión. Trataré de describir el sentimiento que motiva este relato.

Para ubicarnos en lugar y tiempo, diré que fue ayer por la mañana, transitando por Alem, a pocos metros de la Plaza Mitre, en Monte Grande, cerca de la Capital de esta República Argentina, que supimos conseguir y merecer.

Hay un hombre, joven, sucio de miseria y no de taller, con pobres ropas, sentado en la vereda; la vitrina de una óptica es su improvisado respaldo.

Tal paisaje, desalentadoramente cotidiano, no llama demasiado mi atención. A su lado hay una nena arrodillada, sucia también, sucia de miseria y no de juegos.

Ambos miran sin ver; la opacidad de esos ojos me recuerda al refugiado, ese mismo que alguna vez he visto, desde la abrigada tibieza de mi habitación, en documentales que emite un canal de TV por cable.

Y aunque la desgarradora imagen de chicos en la calle también ha sido anestesiada por la cotidianeidad, un detalle sortea la valla tendida por mi indiferencia: En un cajón de manzanas, al lado de la nena, se distinguen dos muñecas, de plástico y sentadas, también sucias, de miserias y de juegos.

Un viento helado, imaginario, me recorre: sospecho que las nenas de juguete me han mirado, reprochando mi burguesa condición.

 Y es en este punto del relato, que me cuesta enfrentar nuevamente la imagen de esa nena, sentada y triste, cuidando de sus hijas postizas y de plástico, tan indigentes ella, tan gastadas.

Asocio esta visión con otra escena que no he podido desalojar de mi memoria, no obstante el largo tiempo transcurrido: En el tren, crudo invierno, una nena que pide limosna, moqueando por frío y por resfrío, hace un alto en su tarea porque quiere leer, de ojito, la revista de historietas que mi ocasional compañero de asiento, un arropado nene de su edad, hojea como al descuido.

Ya sé: Quizás peor sería que la nena de la vereda no tuviera siquiera un juguete, aún maltrecho y que la otra nena, la del tren no tuviera voluntad de leer una historieta, pero hay un sentimiento que trato de atrapar y explicar a quien me esté leyendo ¿Cómo es posible que, en medio de esa orfandad de todo, sigan siendo niños? ¿De dónde sacan fuerza para espiar, a la distancia, revistas ajenas o cuidar pordioseras hijas de juguete? ¿Cómo es que no gritan, no protestan, ni buscan al culpable de sus penas? ¿Cómo es que los demás no derramamos, siquiera, una lágrima al pasar?

 “Los pobres no sienten frío, ni pasan calor, porque están acostumbrados, no son como uno, que es delicado y se enferma de nada.” Dijo una señora gorda, mientras buscaba todo objeto que estorbara en su vivienda, para donarlo a los necesitados. Dos pájaros de un tiro: Su casa y su conciencia estarían más limpias desde ahora.

 Este relato no tiene moraleja, tal vez pueda decir que, aún a veces sin saberlo, todos somos un poco esa señora gorda.