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o tenía
dieciséis recién cumplidos. No sé si debido a la férrea censura
implantada o por mis naturales condiciones para la ignorancia, pero
confieso que no estaba demasiado al tanto de las cosas terribles que
pasaban en mi país, Argentina, durante el Mundial de Fútbol 1978. Otras
ilegalidades llamaban mi atención en aquellos tiempos, y el
6 a 0 con que nuestra selección derrotó a Perú
para poder pasar a la final, si bien colmó mi alma de hincha
adolescente, despertó las sospechas más profundas.
No obstante,
aquel domingo, frente a Holanda, se decidiría el nuevo campeón del mundo
y junto a mis familiares, me pegué al televisor en blanco y negro, para
mirar el partido.
Argentina se
puso en ventaja durante el primer tiempo, con gol de Kempes, el Matador.
Un cabezazo
de Nanninga marcó el empate de los europeos, faltando menos de diez
minutos; el tiro en el palo del holandés Rensenbrink, a segundos del
final, produjo la mayor contracción simultánea de músculos glúteos de la
década. En el alargue de treinta minutos, Kempes por segunda vez y
Bertoni pusieron el partido tres a uno. Argentina fue el campeón.
“– Somos
campeones del mundo.”
– Grité, como si yo hubiera jugado. Actualmente, cuando escucho a un
hincha asumir un protagonismo que no tiene y decir “somos campeones”,
me da vergüenza ajena.
A poco de
haber finalizado el partido, mucha gente embanderó el auto y se fue a
festejar al Obelisco.
Mis amigos y
yo, que no teníamos coche propio ni un padre tan amante del fútbol como
para hacer semejante cosa, fuimos, apenas, caminando, hasta Alem, es
decir a la zona comercial de Monte Grande.
La mayor
concentración tenía lugar en la intersección de Alem con la calle
Anacleto Rojas, donde estaba el bar Zulueta.
En pleno
invierno, a las seis y pico de la tarde era de noche, lo que daba al
festejo un marco más atractivo.
La noche
embellece todo y a veces, si se me permite la digresión, una mezcla de
noche con alcohol, nos puede hacer tomar decisiones de las que no
alcanza una vida para arrepentirnos.
Bien, en la
vereda del bar Zulueta, no cabía un alfiler, la calle también estaba
saturada, aunque los peatones debían desplazarse a menudo, para dar paso
a una caravana de camiones repletos de personas, banderas, banderines,
gorros y vinchas celestes y blancas.
Adentro del
bar, manos anónimas habían armado una especie de tarima en la que tres
caracterizados borrachos, munidos de sendos bombos, dirigían el
concierto. Recuerdo una pieza que comenzaba con “!Qué baranda, qué
baranda / qué baranda, qué baranda!” para luego hacer notar que a
las cinco de la tarde le habíamos roto no sé qué cosa a Holanda. También
se entonó el clásico “Despacito, despacito, despacito...” con un
argumento muy similar. Cada tanto, eso sí, matizábamos la interpretación
con súbitos brincos al grito de: “¡El que no salta es un holandés!”
Más tarde,
nos subimos a uno de esos camiones donde también se cantaba. Teníamos
ahora la ventaja de haber memorizado la letra de todos los temas.
Nunca he
visto a la Avenida Alem , entre
la Estación
de ferrocarril y la
Plaza Mitre , tan llena de gente.
Recuerdo a mi
hermana, a la sazón de catorce años, contando que, varias veces,
mientras gritaba a voz en cuello “-¡Ar–gen-tina! ¡Ar–gen–ti-na!
¡Ar–gen–ti-na!” sintió, con abrumadora certeza, alguna mano
posándose con energía y con intención lúbrica en ciertas partes pudendas
de su ser; al darse vuelta para intentar descubrir al autor, todos los
brazos circundantes se hallaban nuevamente en alto, agitándose al compás
de la cadencia con que se pronunciaba, separado en sílabas, el nombre de
nuestro bendito país: Otro ejemplo de impunidad.
La fiesta
popular duró casi hasta medianoche. Al día siguiente, en la escuela, el
tema de conversación era excluyente.
Por
desgracia, teníamos clase de derecho en la primera hora y, según se nos
había advertido días antes, íbamos a ser evaluados.
Alguien
escribió en el pizarrón, con grandes letras mayúsculas de tiza blanca:
“EL QUE TOMA
LECCIÓN ES UN HOLANDÉS.”
Todos reímos
y festejamos la ocurrencia.
La profesora
de derecho, Betty, de quien tiempo después, por circunstancias de la
vida, me hice amigo, se puso seria al ver el letrero:
“- No voy a
tomar lección, pero borren eso, porque no tiene nada de malo ser
holandés.”
– Dijo en un tono que evidenciaba disgusto.
Por supuesto
que la profesora tenía razón. No era ninguna vergüenza ser holandés: su
máxima estrella, Johann Cruyff, había desistido de jugar el Mundial, en
protesta por las atrocidades que se estaban cometiendo y que nosotros, a
coro, en muchos casos sin saberlo, tapamos con canciones patrioteras y
soeces. |