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e comentaron que ese hombre organiza viajes
al pasado y que los mismos resultan bastante caros. Juntar el dinero no
fue tarea fácil, pero bien vale la pena el esfuerzo para subir a esa
máquina increíble. Comentan que el señor que ahora la explota, se la
compró, tiempo atrás y con poco uso, a un gringo, un tal H. G. Wells.
Parece que el inglés le hizo descuento, porque en el último viaje fue
tan lejos, que se rompió el mecanismo del futuro y no hay repuestos. Es
una máquina del tiempo que solamente funciona marcha atrás.
Nunca dudé del lugar que visitaría: Monte
Grande, mi ciudad natal; tuve, sin embargo, algunas cavilaciones
respecto de la época a elegir.
Qué se yo, me hubiera gustado ver a mi
bisabuelo llegando a fines del siglo XIX, o entrevistar a Don Enrique
Santamarina y agradecerle sus gestiones para la creación del Partido, en
1913.
Pero porque añoro, sin haberlo conocido, el
pueblo tranquilo de mis abuelos, es que elijo conocer cómo era Monte
Grande, exactamente dos décadas antes de mi nacimiento. Esto de añorar
lo que nunca he visto me sucede cada vez más a menudo, deben ser los
años.
Y bien, por eso es que el día de hoy, para
mí, es martes 2 de junio de 1942. Son las cuatro de la tarde, he llegado
hace escasos minutos.
La visión de la Avenida Alem al 400 empedrada,
con añosos árboles y con doble mano de circulación vehicular me resulta
tan extraña como fascinante.
Comienzo el recorrido, para ser preciso,
junto a un cartel que ostenta el logotipo de YPF, ubicado sobre la
vereda derecha, mirando hacia el ferrocarril, que señala, precisamente,
“Est. M. Grande”.
Los comercios exhiben vitrinas mucho más
chicas y oscuras; hay poco vidrio pero abunda la madera barnizada. El
interior de los locales también es oscuro y, sobre todo, extremadamente
sobrio. Los letreros publicitarios no te tutean.
A decir verdad, me cuesta reconocer este
lugar, por el que tanta veces he paseado medio siglo después.
Camino una cuadra y media para detenerme en
la panadería El Trigo de Oro, porque siempre quise probar los bollitos
San Roque. Antes de saborearlos, temo que el recuerdo de mi abuela esté
endulzado por el tiempo y la nostalgia, pero eso no ocurre: son tan
ricos como ella me contaba. Fue acertado haber traído esos billetes
moneda nacional, que compré a un coleccionista.
Mi familia materna, advierto en ese
instante, todavía no ha venido a vivir al pueblo. Surgen, entonces,
ganas de ir hasta la casa de mi padre, que tiene once años y reside
junto a mis abuelos y mis tíos, en la calle Anacleto Rojas al 300. En
verdad, esa calle se llama Carlos Casares y el Dr. Anacleto Rojas,
conocido odontólogo local, seguramente no imagina que años después la
arteria sería rebautizada con su nombre.
Prefiero, pensándolo bien, no encontrarme
con parientes. Podría cometer una torpeza que altere la historia y
terminar, por ejemplo, no naciendo. Son pocos los que han tenido la
suerte de no nacer, recuerdo que decía un filósofo pesimista.
Cruzo de vereda y me acerco al restaurante
de Álvarez, en Alem 299, que parece estar cerrado, quizás por la hora.
La ventana, con cortina metálica entreabierta, apenas me permite espiar
hacia el interior del comercio; distingo, entre sombras, sillas de
madera estilo Thonet, un perchero, unas mesas y un difuso empapelado.
Don Antonio debe estar haciendo siesta y es una pena, porque un café
allí no tendría precio.
Por la vereda de enfrente veo pasar,
adolescente, pero ya de pantalón largo, a don Pedro Rubén Campomar. Va
junto a otro muchacho, conversando. Llevan unos ejemplares de la revista
“Juventud” bajo el brazo y comentan, en voz alta, que el Padre Orencio
Mainer los espera en
la Parroquia
, frente a la
Plaza Mitre.
Un Chevrolet Fleetmaster, verde reluciente,
aparece por la calle Yrigoyen y dobla hacia la izquierda, tomando Alem.
Es increíble el escaso tránsito vehicular
y, más aún, el silencio que reina en pleno centro. Al llegar a la citada
esquina de Yrigoyen, observo a izquierda y derecha: Ni un solo edificio,
el campo visual es todo lo amplio que mis ojos me permiten;
construcciones bajas, muchos cercos, abundantes baldíos y a lo lejos un
señor, elegante, con bastón, que ingresa a
la Sociedad
Italiana.
Sin dudas el Intendente, Néstor César
Esnaola, administra sin sobresaltos este distrito extenso y progresista.
Decido entonces caminar cien metros más,
hasta la esquina, con la idea de doblar a la derecha y recorrer, luego,
algunas cuadras por Arana. Al terminar Alem, frente al bar, dos
parroquianos me miran a través de la ventana, extrañados, quizás, de ver
a un forastero; ¡Cuánto lamento no poder explicar que no lo soy, o que
al menos no lo soy del todo!
En la plaza de la estación, veo a un señor
mayor, de bigote blanco, que está tomando fotos. Una cámara de cajón,
apoyada en un trípode, apunta hacia mi figura. Es Leopoldo Mannucci, de
quien he visto un retrato en el Museo
La Campana. Ignoro si he salido en la placa y tampoco
el tema me preocupa: Quienes la vean en estos días de 1942, obviamente,
no podrán reconocerme. Si la imagen perdura y muchos años después
alguien advierte mi presencia, sonreirá creyendo descubrir un burdo
truco, pergeñado por cualquier computadora hogareña. Pase lo que pase,
no hay problema.
Avanzo por Arana y a mitad de cuadra, sobre
mano derecha, veo el frente de la Escuela 43, donde cursé mis primeros
años de primaria. Desde mi llegada, este es el sitio que, aunque ya
desaparecido y enterrado por un edificio, me resulta más familiar. Me
asomo, por el hall de entrada, al patio y observo a los chicos, con
impecable guardapolvo y el pelo muy prolijo, disfrutando - tan juiciosos
como controlados - del recreo.
Se ve el viejo patio colonial, rodeado de
aulas. El piso de cemento no tiene las grietas que le conocí. Al fondo,
una galería con unas puertas muy altas, de vidrio y madera, en el medio.
Prosigo mi marcha. En la cuadra siguiente,
reconozco en el número 167 una hermosa casa, con un esplendor que jamás
le he visto y mi primer pensamiento, absurdo, es que la finca ha sido
restaurada.
Sigo dos cuadras más, para luego doblar a
la derecha y tomar Rivadavia. En la puerta de la casa que lleva el
número 157, encuentro, tomando mate, a un hombre de bigotes, de gruesos
anteojos, enfundado en un oscuro sobretodo.
- Buenas tardes, Sr. López Boeres.
- Digo, fingiendo naturalidad.
- Buenas tardes, señor ¿De dónde lo conozco?
– Me pregunta.
- Usted es escritor, aquí todo se sabe, amigo. Vivo en el
barrio, en Ameghino – esto es, según se
mire, cierto – quizás usted no me conozca, pero somos vecinos.
- Confío en que mi estro poético sea conocido, en Monte
Grande y en todo el país, estoy trabajando para eso, tal es mi sueño.
– Me responde.
- Ojalá así sea, señor. Es más, no sé por qué se me
ocurre que su obra llegará a los Estados
Unidos. – Digo y sé que esto también es cierto.
- Dios lo oiga, señor. Adiós.
No quiero contarle que, treinta años
después, él moriría en la ruina y que ni esa humilde vivienda podría
conservar para su familia. Sus libros tapizarían, desparramados, el piso
de su hogar y yo mismo, a los catorce años, ingresaría allí, por
curiosidad, para llevarme algunos ejemplares que aun conservo.
Este diálogo termina de ponerme melancólico
y emprendo el camino de regreso. Omitiré detalles técnicos del viaje de
vuelta, que no resultó del todo incómodo, considerando que se trata de
un artefacto del siglo XIX.
Solo diré, a modo de epílogo, que resulta
bellísimo y extraño el Monte Grande de ese tiempo; paradójico, tan mío y
tan ajeno, perdido para siempre. |