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ablo
acababa de regresar de los Estados Unidos.
Eran los
tiempos de la plata dulce, comienzos de los ochenta y promediando el
Proceso militar.
Viajar al
exterior era barato, desde la perspectiva, claro está, de una clase
media acomodada como la que Pablo representaba.
Esa noche de
jueves, como tantas, nos encontraba a Víctor, El Tano, Juan Carlos,
Pablo y yo sentados a una mesa de Zuluetta, allí en Alem y Rojas,
esperando que el recién llegado contara alguna historia de su periplo
por tierras del Norte.
- ¿Cómo te
fue, Pablo?
– Comenzó
Víctor.
- Me traje
unas revistas de minas impresionantes
– Dijo el viajero, apartándose, aceptémoslo, de lo que sería una
respuesta tradicional para ese tipo de preguntas; quizás era esperable
la descripción de una tórrida playa cercana al Golfo de México.
No entendimos
bien si lo impresionante eran las revistas o las minas, pero – ávidos
por incorporar conocimientos – nos mostramos profundamente interesados
en examinar el contenido de esas publicaciones periodísticas.
- Dale,
traélas, si vivís a dos cuadras y media. Andá que te esperamos y hasta
te pagamos el café –
Dijo el Tano.
- ¿Acá?
¿Mirarlas acá, en la esquina más transitada de Monte Grande? ¿Están
locos? –
Respondió Pablo.
La censura y
su natural consecuencia, la autocensura, estaban aún bastante arraigadas
y su precaución no nos pareció exagerada.
-
En mi casa tampoco se puede
– prosiguió Pablo – porque mis viejos aún no se
fueron a dormir y si caemos todos juntos a esta hora se van a dar
cuenta, vamos a quedar como lo que somos.
Sé que, más de
dos décadas después, el diálogo que acabo de transcribir suena
surrealista: Varios jóvenes de 18 años, desesperados por ver fotos de
mujeres desnudas y afligidos por no encontrar un lugar adecuado para
hacerlo.
Así eran las
cosas, en tiempos, no tan lejanos, de represión.
Juan Carlos
tuvo una idea:
-
- ¡Ya sé! Le afano el colectivo a mi viejo, lo hago andar
un par de cuadras, lo detengo y vemos las revistas ahí.
A veces, las
cosas más absurdas, tal vez por su misma condición, parecen lógicas e
irrefutables.
Convinimos en
que, para minimizar el riesgo de encontrar despierto al padre de Juan
Carlos, esperaríamos hasta medianoche.
Entre cafés
dobles y charlas de compromiso resolvimos partir de Zuluetta a las doce
menos cuarto. Pablo, de pasada, subrepticiamente, ingresó en su vivienda
y trajo consigo, embolsado, el precioso material gráfico.
Abrimos el
portón de la casa de Juan Carlos, en la calle Rotta al 200. Aprovechando
la pendiente, entre todos, empujamos el interno 93 de la línea 165 hasta
la calle, para que el ruido del motor al encenderse no alertara a sus
padres.
Ascender,
ponerlo en marcha y recorrer unas cuadras hasta Mariano Acosta, casi
Alem, fue cosa de niños; de niños un poco onanistas, si ustedes quieren.
El colectivo
detuvo su marcha y, con las puertas cerradas, encendimos las luces
interiores; Pablo extrajo las revistas Penthouse, mejores que
la Playboy , según él: El ambiente se pobló de frases
elogiosas:
-
¡Por Dios! – Dijo alguien, contemplando las imágenes. No advertí
en ese momento que la mención del Altísimo en tal circunstancia
resultaba, por lo menos, de dudosa religiosidad.
La dicha duró
poco. Unos rudos golpes en las puertas laterales hicieron el milagro de
desviar nuestras miradas:
-
¡Policía, abran la puerta!
Juan Carlos,
accionando esa palanca que está cerca del volante, permitió el ingreso
de tres efectivos, uniformados ellos:
-
¿Qué están haciendo? ¿De quién es el colectivo?
– Dijo un cabo corpulento, de bigotes y acompañó sus frases con un
rápido manotazo a las Penthouse. Esto, de alguna manera, respondía a la
primera de las preguntas.
-
El colectivo es de mi papá, él lo estaciona acá.
–
Susurró Juan Carlos.
Los agentes
del orden no prestaron demasiada atención a la respuesta y tal vez por
eso no encontraron extraño que alguien estacionara, por las noches, un
vehículo de su propiedad a cuatro cuadras de su casa. Sin duda las
revistas constituían su verdadera preocupación.
-
-
Cierren el
colectivo y vengan todos a la comisaría. Vamos a llamar a sus padres.
Así se hizo.
Esperamos sentados en unos bancos de madera a nuestros viejos, quienes
acudieron al llamado sin mucho entusiasmo, tal vez porque la hora no
ayudaba.
Mientras
hacían no sé qué trámite para liberarnos, Víctor, hojeando un ejemplar,
discutía con un oficial de guardia, acerca del límite entre erotismo y
pornografía. No se ponían de acuerdo, sobre todo en lo relativo a la
exhibición de los genitales femeninos.
Antes de
despedirnos, el comisario, en persona, aleccionó a padres e hijos acerca
del peligro subyacente en la difusión de esas publicaciones.
Y actuó en
consecuencia.
Esas coloridas
amenazas para nuestras mentes virginales, jamás nos fueron devueltas.
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