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López Boeres

Una prohibida

S

iempre me gustó ir al viejo Cine Monte Grande, ese que cerró en los años ochenta y que estaba ubicado en Mariano Acosta, entre Alem y Vicente López.

Sé que soy una excepción, un rara avis. Era más que frecuente, entre nuestros coterráneos, llamar “raterío” o “pocilga” a nuestra sala fílmica. El cine conservaba su aspecto original y el deterioro, producto del paso del tiempo sin un adecuado mantenimiento, era la causa de esos comentarios. A mí, repito, me gustaba el lugar tal como estaba, con sus afiches pegados en los vidrios, su boletería a la izquierda, sus puertas vaivén de madera, para acceder a la sala, en el centro y su humilde quiosco a la derecha, al costado del baño.

El interior de blancas paredes descascaradas y cielo raso manchado de humedad tampoco me molestaba.

Con doce años recién cumplidos, sentía un poco de bronca y malsana curiosidad, al advertir que muchas de las películas en cartelera eran “prohibidas para menores de dieciocho años”, tal la calificación vigente en 1974.

Ni se me hubiera ocurrido, claro está, intentar sacar entrada en esos casos. Bueno, ni se me hubiera ocurrido, de no haber traído Víctor el rumor, estimulante, de que a su vecino, apenas un año mayor que nosotros, lo habían dejado entrar al Cine Monte Grande, más de una vez, a ver una prohibida.

A partir de allí, todo fue cuestión de esperar, junto a Víctor, que el cine pusiera en cartel alguna de esas cosas para hacer el intento.

Pasaron dos semanas en las que sólo se exhibieron películas aptas para todo público, que, dadas nuestras recientes expectativas, nos parecían exclusivas para niños amariconados.            

 Por fin, coloridos carteles anunciaban, para el próximo jueves, la proyección de “ La Mary ”, con Susana Giménez y Carlos Monzón. Debajo, en letra más chica, leímos con deleite: “Prohibida para menores de 18 años.” 

Entonces el jueves, a las siete de la tarde, dos horas después de la escuela, me encontré en la puerta del cine con Víctor, con mi hermano, un año mayor, que no dudó en acompañarnos y con el flaco Larquín, un compañero de grado que escuchó hablar del proyecto y quiso formar parte.

La película debería terminar a las nueve. Eso no era problema, pues entonces no resultaba extraño que chicos de esa edad volvieran a sus hogares solos, por la noche, seguros. En caso de que nos negaran el ingreso, no podríamos pretender, por razones obvias, discutir el tema, de manera tal que teníamos decidido, si eso pasaba, no insistir y regresar a casa a esperar seis años.

Titubeantes, evidenciando comprender la criminalidad del acto, nos acercamos los cuatro a sacar la entrada:

- Cuatro entradas – Dije yo, que encima era el más petiso. Y arrimé el importe justo, incluidas varias monedas.

El empleado, fríamente, extendió cuatro talones aclarando:

- Tienen que ir arriba, allá, por la escalera.

 La planta alta, seguramente, era el lugar exclusivamente destinado a que entraran los menores que no podían entrar. Imagino que, de ocurrir una inspección, confiaban en que al funcionario le pesaran las piernas y no quisiera subir las escaleras.

 Llegando al último peldaño de blanco mármol, un acomodador nos esperaba, extendiendo un programa. Intentamos seguir nuestro camino, pero el tipo se interpuso, su mano derecha frotaba visiblemente el pulgar contra el índice:

- ¡Vamos, vamos! ¡La propinosky, loco, que si no, no ven la película!

 Exploramos nuestros exhaustos bolsillos y entregamos, con desgano, algunos centavos olvidados:

- No tenemos más – Dijo, con total sinceridad, Víctor.

 El hombre se hizo a un costado y pudimos entrar.

Comprendimos que la clandestinidad tiene sus códigos.

No había mucha gente y todos nuestros ocasionales acompañantes, vaya coincidencia, resultaban menores de edad.

La película, como imaginarán, nos encantó. Cada escena de sexo nos pareció la más acabada – interprétenlo como quieran – muestra de arte de la que el hombre contemporáneo es capaz.

Salimos del cine maravillados y un poco acalorados.

Días después, vimos dos, en continuado, de la Coca Sarli. La propina resultó, en ese caso, un poquito más cara, pero estábamos prevenidos.

Fue glorioso.

Hace poco, dieron “ La Mary ” por televisión: Intenté volver a verla: no aguanté ni media hora.

Puede que, pasados treinta años, mi gusto artístico se haya refinado.

Es una pena.